Ecosofía, la filosofía unida a la tierra.




¿Cómo definirías, de manera sencilla, la ecosofía?

La ecosofía es un modo de estar en el mundo, de percibirlo. Un saber práctico que transforma nuestra conciencia y nos integra a la unidad de la vida, haciendo del sujeto-objeto-medio un continuo. Es también una ampliación de nuestra sensibilidad que implica un cambio de perspectiva, absolutamente necesario para superar las aparentes contradicciones que nos rodean. Como ves, no puede ser otra cosa que una profunda filosofía, un saber habérselas con las incertidumbres que nos depara la complejidad de nuestra existencia. Por eso, hablar del saber ecosófico es hablar también de buena educación, la que nos ayuda a autorrealizarnos en un medio respetuoso y responsable con las lógicas de lo vivo.


¿Cómo se dio el paso de la ecología a la ecosofía? ¿Consideras que es la filosofía del siglo XXI?


El desplazamiento que se produce entre la ecología y la ecosofía, término puesto en circulación por el filósofo noruego Arne Naess en 1960, implica una transición de la ciencia a la sabiduría, y es este pasaje, esta traslación, la que esencialmente representa un cambio de paradigma. Sabios europeos como Edgar Morin llevan años refundando un nuevo concepto de lo que debería ser la educación para este complejo siglo XXI. No podemos seguir fragmentando nuestras verdades científicas sin destruir el significado profundo de cultura. Claro que la ecología es una buena aproximación a lo que significa este giro radical, esta necesitada revolución, pero desde la perspectiva ecosófica se le añade la visión cosmológica necesaria para iniciar un verdadero proceso de cambio. Porque la ecosofía reflexiona también sobre nuestras costumbres, sobre nuestra manera de habitar la Tierra, y sobre nuestra manera de admirarla. Una mirada científica, político-ética y estética. En este sentido, el pensamiento del siglo XXI deberá ser ecosófico.


¿Las ideologías del siglo pasado han fracasado y se impone una nueva visión del mundo?

No creo que pueda hablarse de fracaso, así como tampoco del fin de las ideologías y de los grandes relatos. El idealismo ha sido la gran experiencia de la modernidad. Con todo lo positivo y lo negativo que nos ha dejado, sigue siendo, a día de hoy, la condición de posibilidad de nuestro pensamiento. De lo que se trata ahora es hacer del porvenir que nos espera un lugar amable para la vida. A veces olvidamos la satisfacción que nos produce un paisaje, o el sentimiento de bienestar que experimentamos haciendo cosas aparentemente inútiles, no productivas. Tenemos que sacarnos de encima ese malentendido cartesianismo mezclado de utilitarismo que no nos conduce a nada. Pero para todo este inmenso proyecto, la herencia de la modernidad es indispensable. La ecosofía no renuncia ni a la ciencia ni a la tecnología, simplemente subraya que el uso que hacemos de ellas no satisface las necesidades humanas básicas como un trabajo con sentido en un ambiente con sentido. Estamos adaptando nuestra cultura a la tecnología cuando debería ser justo lo contrario.


Como ecología profunda denuncias la contaminación en nuestras mentes y en el lenguaje. ¿Cómo estos actos, que creemos tan personales, influyen en la globalidad del planeta? ¿Nos creemos solos y sin importancia, cuando la realidad es que estamos unidos y nuestros actos tienen mucha dimensión?

Antes que individuos somos seres sociales. El lenguaje y el uso que hacemos de él nos permite trabajar en un espacio de conocimiento compartido, y hasta cierto punto normativo; coherente con el medio. Habitamos también un espacio vivo de palabras cuyos significados soportan las presiones de los valores dominantes. En la economía, en la política, en nuestra cultura, aparecen o se redefinen conceptos y palabras que introducen ruido en este complejo sistema de comunicación con el que pretendemos alumbrarnos. Y junto a las palabras, seguimos polucionando nuestro ecosistema simbólico con imágenes precocinadas y distribuidas para modificar nuestra sensibilidad y nuestra relación con la verdad. La ecosofía plantea también esta cuestión como un problema ambientalista.


¿Cuál es el origen de nuestra actitud separada del planeta?

Puede que las razones haya que buscarlas en cómo percibimos que estamos vivos. Del mismo modo que la Tierra parece plana y no lo es, nuestro cerebro tiende a pensarse desde un irreductible dualismo mente-cuerpo. La experiencia de sentirnos sujetos nos ha hecho animales antropocéntricos.


Cambiar nuestras ideas es lo que puede cambiar nuestra actitud. ¿Cuáles son las que tenemos más distorsionadas?

Sin un cambio en el campo de las disposiciones cognitivas, no es posible ningún cambio social y político. Toda revolución social presupone una revolución cultural. Lo que tu llamas ideas distorsionadas, merecerían un análisis profundo de los distintos detalles y métodos que acríticamente nos inducen a aceptarlas. Muchas de las cosas que adquirimos, demasiadas actividades que realizamos, no nos ayudan a potenciar nuestras capacidades como seres pertenecientes a una comunidad viva, y en cambio sí perpetúan una cultura basada en la explotación del hombre y la naturaleza.

Nuestra sociedad es muy dada al conocimiento y menos a la acción personal. ¿Sin unir ambas cosas la ecosofía fallará?

Simplemente no será ecosofía. Acumular conocimiento no significa sabiduría. Ese es el giro que pretende la ecosofía, la emergencia de un nuevo estado de conciencia que permita la autorrealización, el permanecer en la existencia dotándola de sentido. Seguir siendo naturaleza histórica.


La ecosofía es una idea en la que mentalmente a menudo se está de acuerdo, pero exige un compromiso personal práctico. ¿Cómo dar ese salto, en esta sociedad inclinada a la comodidad y el consumismo? ¿Crees que tiene que suceder algo que nos haga despertar?

Algo ya está sucediendo. El cambio climático no es propaganda de ningún tipo. Pero además, los mercados de consumo, empeñados en hacernos insatisfechos para maximizar sus beneficios, ya están produciendo demasiada infelicidad. Las contradicciones nos empiezan a parecer insoportables. Producimos en exceso consumibles low-cost que no mejoran nuestra calidad de vida. La tarea más complicada que el pensamiento ecosófico debe realizar es la elaboración de un proceso que gestione el cambio. Aportar estrategias psicológicas y sociales, científicas y culturales, para volver a recuperar el instintivo gusto por las satisfacciones auténticamente humanas. Todo lo que pueda pagarse con dinero no vale nada en comparación con lo que no tiene precio.


Hablar de espiritualidad rápidamente se asocia con religión, con todas las connotaciones que ello conlleva. ¿Cómo devolver al ser humano la espiritualidad que le haga ver que es parte de un todo?

Hay muchas formas de acceder a lo espiritual y a la profundidad del sentimiento religioso que, como seres humanos, experimentamos. Spinoza, superando el dualismo cartesiano entre la cosa extensa y la cosa pensante, establece una única sustancia con múltiples atributos y capaz de expresarse en distintos modos, conceptualizando la idea de Dios como Naturaleza. Esta cosmovisión armoniza con la idea elaborada por Raimon Panikkar en su espléndido ensayo ‘ Ecosofía : para una espiritualidad de la tierra ’, donde nos propone una visión ampliada de lo político. Para Panikkar, todos los grandes problemas humanos de hoy en día son de naturaleza política y, al mismo tiempo, religiosa. Algo parecido sucedió después del Concilio Vaticano II con la Teología de la Liberación, acercando en este caso el discurso religioso a la política. No se trata de volver a posiciones fundamentalistas, advierte Panikkar, de confundir de nuevo el orden de la política y de la religión, sino darnos cuenta de que se trata de órdenes orgánicamente relativos que necesariamente deben actuar en común.


¿En qué sentido la dificultad en las emociones radica en habernos uniformizado demasiado?

Otro autor de referencia para acercarnos al pensamiento eco-filosófico es Félix Guattari. En su libro ‘Las tres ecologías’, este psicoanalista y filósofo francés considera las perturbaciones ecológicas como la parte visible de un mal más profundo y relacionado con nuestra manera de organizar la vida. Guattari propone una solución que contemple una verdadera articulación ético-política entre medio ambiente, relaciones sociales y subjetividad. Para ello, denuncia los distintos modos de uniformización provocados por los massmedia, el conformismo de las modas, o la manipulación de la opinión pública, y nos propone nuevos dispositivos de producción de subjetividad para re-singularizarnos individual y colectivamente, enriqueciéndonos de ese modo y preservando la biodiversidad cultural intrínseca a la misma vida. El alejarnos del consenso embrutecedor e infantilizante que produce el mercado, y explorar nuevas formas de relacionarnos con el otro, con el distinto, y con nosotros mismos, ampliando los mecanismos emocionales y empáticos entre los seres vivos, es parte de la solución.


¿Además de vernos como un todo con el planeta, nos queda pendiente que cada ser humano nos veamos como un todo, en el que pensamientos, conocimientos, acción y espíritu se manifiestan en nuestro cuerpo y actos?

La concepción espiritual y cosmológica de la ecosofía ofrece la posibilidad de contemplar el universo como un todo que se origina en cada uno de nosotros. Pensarnos un centro cualquiera de este multiverso que se expande a partir de lo que somos, y a la vez, sabernos un reflejo de ese orden, un microcosmos.


Alex Escamilla Imparto
Fuente
www.rebelion.org




1 comentario:

  1. No conocía hasta hoy el término ecosofía. Leyendo estética relacional, de Nicolas Bourriaud, descubrí a Félix Guattari y a este término. Me puse a investigar y acabé aquí. Me alegro enormemente, pues me llevo una grata " conferencia " sobre ecosofía, cuyo concepto comparto y trataré de poner en práctica como persona y como artista, cosa que de manera inconsciente, ya venía haciendo. Trabajamos en un arte social y colaborativo.
    Muchas gracias,
    Augusto Moreno.
    http://augustomoreno.com/
    https://www.facebook.com/AMorenoArte

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