La vida no es una enfermedad.


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El padre de la medicina, Hipócrates, ya decía en el siglo IV a.C. “Que tu alimento sea tu medicina”. A hoy, entiendo que esto podría ser ampliado y decirse: Que tus sentimientos, pensamientos, relaciones, acciones, alimentos, trabajo, vivienda y medicamentos sean tu medicina. En ese orden, o simultanemante cuando las circunstancias lo ameriten.

Pero por la mercantilización de la salud, por el auge de la medicalización y porque siempre parece faltar tiempo para lo verdaderamente importante, es que se termina invirtiendo el orden y las más de las veces se comienza por lo último. Se recurre exclusivamente a una “receta magistral”, se espera pasivamente a que alguna droga ya resuelva todo y con urgencia se sigue haciendo todo igual.

Hay procesos que son inherentes a la vida; aún los incómodos o desagradables suelen indicar la necesidad de evaluar sentimientos, pensamientos, alimentación, actividades realizadas, estructura social de pertenencia, etc. Puede que como consecuencia de dicha evaluación resulte necesario hacer un cambio individual y/o social, temporario o permanente. 
Transitada esa experiencia y haciéndose los “ajustes” pertinentes… se logra un poco más de sabiduría o fortaleza y se obtiene una sociedad más sana.

Es imperioso comprender a la persona entera y como parte de una comunidad. Es necesario entender y tratar el proceso salud/enfermedad de forma transdisciplinaria e integral, por ejemplo así lo viene haciendo la PsicoNeuroInmunoEndocrinologia.


Incluir las múltiples variables que intervienen en la salud de una persona y de su comunidad no significa dejar de recurrir a la medicación. Bienvenidos son los invalorables logros obtenidos por la farmacología. Se trata de acotar su campo de aplicación y diferenciar profesionalmente cuando su uso es imprescindible y cuando es contra indicado. 

Si no fuera trágico, resultaría cómico que los profesionales de la salud sepan mucho de enfermedad y poco de salud. Sería más eficiente el sistema sanitario si se destinara mayor energía y dinero a promover la salud y prevenir la enfermedad, en lugar de ocuparse casi exclusivamente a controlar los síntomas. Tal vez así, se medicalizaría menos la vida y más personas podrían ejercer el legitimo derecho a la salud.

Juan Antonio Currado

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