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2 dic 2009

Enojarse SIN herir.



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Son las diez y diez y no llega.
¡Otra vez lo mismo! ¿Para que me habré apurado?
¡Me hizo venir a las diez, ya son las 10,17 y no aparece!
No pude ser, son casi las 10,20 y con todo lo que tengo que hacer todavía estoy aquí esperándolo.
¡Este es un desconsiderado!
Son más de 10,25. Ya me arruinó el día. ¡A ver con qué excusa viene! Espero hasta las 10,30 y me voy.
¡Ya me va a escuchar este…!
¡Ah viniste! ¡Sos un irresponsable… un irrespetuoso!
¡Yo corro para llegar a horario, pero vos sos el mismo desconsiderado de siempre!
¡La próxima yo voy a llegar a cualquier hora y a disfrutar dejándote plantado!



Frustración y enojo: Dos caras de la misma moneda.

Siempre que hay enojo, hay un deseo o necesidad no satisfecha; espero algo… y eso no sucede.
En el relato, quien llego puntual esperaba satisfacer su necesidad de que la otra persona estuviese a la hora acordada. Cuando la otra persona llega media hora tarde, se frustra por no lograr satisfacer su necesidad. Paso seguido: se enoja.
Al enojamos nos inunda una energía o fuerza adicional. A nivel orgánico se corresponde con la mayor segregación de adrenalina y de noradrenalina; el corazón late más rápido, aumenta la presión sanguínea y la mayor afluencia de sangre en músculos y brazos nos dispone para la acción física inmediata. Esta hiperactividad o plus de energía, es una fuerza extra que disponemos para reforzar las acciones destinadas a la autoafirmación y a obtener lo que necesitamos. En tal sentido el enojo no es un fin en si mismo, es una herramienta para resolver un problema.


7 nov 2009

El miedo NO es tonto.



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El miedo no esta en nuestras vidas para entorpecernos, sino para hacernos más sabios.
Si viéramos la posibilidad del aprendizaje en todo cuanto vivimos, entonces encontraríamos en el miedo a un atento aliado.

No todos tenemos miedo a lo mismo. Existe el miedo a los perros, a la pobreza, a los ascensores, a viajar en avión, a los exámenes, a los cambios, a la enfermedad, etc. Tampoco todos vivenciamos el miedo con la misma intensidad, puede variar desde un leve temor hasta el pánico. Pero en todos los casos, siempre que tenemos miedo es porque sentimos que nuestra integridad psicofísica esta parcial o totalmente amenazada.

Por ejemplo, si no se nadar puede resultarme amenazante una piscina profunda y puedo ver el peligro de ahogarme ante el hecho de tirarme. En cambio, si se nadar disfrutaré del zambullirme sin experimentar miedo. Algo me resulta una amenaza y veo el peligro de terminar herido, porque carezco de los recursos necesarios para evitarlo.


La emoción que vivenciamos como miedo es la que tiene la función de indicar que existe una desproporción entre los recursos que dispongo y el peligro que enfrento (en el ejemplo dado tiene que ver con el no saber nadar y con la profundidad de la piscina); por esto que cuanto más grande sea la desproporción, mayor será la intensidad del miedo.